martes, 13 de diciembre de 2016

La ciudad ausente, Piglia, 1992



Una máquina que crea historias que reflejan la realidad, una realidad virtual que termina volviéndose real y por eso transforma esa realidad, que se vuelve a reflejar en los reflejos de la máquina que crea todos los personajes de esa realidad, de esa ciudad... Y bueno, así, hasta el infinito. Como el relato primigenio borgiano. Como la literatura que siempre vuelve sobre sí misma, que narra siempre la misma historia adaptándola, expandiéndola.
Que la historia es la misma, se puede rastrear si se descubren los  nudos blancos, el lenguaje compartido por todos, su información genética. El concepto jungeano de los arquetipos.

La Máquina de Macedonio

A la Máquina la crearon para traducir. La primera traducción fue William Wilson, la historia del doble... así como la literatura Argentina empezó copiando, adaptando los clásicos ajenos. Así que produce dobles, pero no dobles exactos, sino dobles que se emparentan con el anterior por su código genético.
Macedonio Fernández siguió escribiendo después de la muerte de su esposa, Elena. Para el escritor, sus relatos eran la forma de crear un universo en el que ella siguiera viva.
En La ciudad ausente, esta máquina que crea Macedonio para que pueda habitarla Elena, ya muerta, es una forma de hacerla inmortal.
Como sucede con las historias y sus arquetipos, los nudos blancos, esta mujer es también todas las mujeres. Es la Scherezade que se mantiene vida con sus historias, encerrada, narrando. Como Penélope, como muchas otras. Encerrada y como una amenaza frente al discurso dominante. Puede ser también el cadáver de Eva, escondida en un armario de la CGT.
También el ingeniero que crea la máquina tiene sus dobles: Erdosain, de Los siete locos; Fuyita, el que cuida a la Máquina y se enamora de ella; el padre de la nena que tiene problemas lingüísticos y la ayuda a encontrar esas constantes en la música. Todos tienen sus dobles, sus variaciones.
Somos todos arquetipos, no éramos tan originales como pensábamos. O quizás sí.
El Estado, un estado "telépata", la ve como una amenaza: al construir historias sin parar, se pierde el sentido de realidad, ya circulan otras historias diferentes a la oficial, hasta el desenlace de la guerra de Malvinas tiene otras versiones ahora. La habían encerrado en un museo, el museo como lugar de los mundos muertos, como lugar para el olvido de lo que ya no es. No habían querido desmantelarla y se la apropiaron porque "hasta Borges" había salido de ella.
Pero las historias se escapan del edificio, un edificio, circular como un infierno dantesco.
La opción de destruirla está fuera de discusión. Ya conocemos las historias del que mata a su doble.

"Los científicos son los únicos que toman en serio la incertidumbre de la realidad y la forma de relato".

El libro puede considerarse principalmente dentro del género de la ciencia ficción (es una distopía, uno de los personajes principales es una máquina, una inteligencia artificial que "aprende mientras narra" y es consciente de su propia inmortalidad). En este comentario se mira sí mismo el libro. Una vez más. Se refleja, refleja la literatura argentina y "universal". Refleja los reflejos.
El principio de incertidumbre implica que cuanta más exactitud se busca al investigar las partículas, menos exacto es el resultado. Cuanto más ordenada sea la representacion de la realidad, más alejada va a estar de la realidad misma ya que no va a tener en cuenta las variaciones.

"Todo relato es policial, me decía él. Sólo los asesinos tienen algo que contar, la historia personal es siempre la historia de un crimen. Rascolnikov, me dijo, Erdorsain, el Dandy Scharlach". 

De nuevo. El arquetipo.
La ciudad ausente queda etiquetada, así, dentro de este género.

Es el segundo libro que leo de Piglia.
El primero, Respiración artificial, me gustó mucho. Este me pareció increíble.
 




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