miércoles, 13 de enero de 2016

Shelley's Frankenstein (or The Modern Prometeus)



All we need to do is make sure we keep reading

First chapter, after Walton's letters to his sister, where he tells her all about his expedition to the North Pole and the story his guest on board, Dr. Frankenstein, tells him.
A rich woman, mother of one son, reaches a very poor house where another mother is feeding her "babes". She discovers a fair girl among others that are "black-eyed" and "from a different stock". The blonde had been born to a noble family but after her mother died giving birth, this family took her home and treated her the best they could.
It is unknown whether her father was dead or alive or in jail.
 "She continued with her foster parents and bloomed in their rude abode, fairer than a garden rose among dark-leaved brambles".
Not only did she manage to keep her "fair" nature, her whiteness and nobility, but also she is given as a present for Dr. Frankenstein from Miss Frankenstein, who really wanted a girl... so let's take her back to the luxurious life she deserves. 
No one thought about the "hardly little vagrants" who shared their food with the fairy. They belonged there and it was just natural that they treated her like a princess.
I didn't expect Shelley to be such a racist and sexist....
Ok, keep on reading because maybe she wasn't. 
Remember to bear in mind that author and character are not the same individual. 



So...

Walton is a man from a wealthy family that is using his money to achieve something great for-according to him-, humanity, no matter how many human lives it costs. 
These are Walton's ideas and these are the ideas of the society that rejected The Creature, The Monster. Naif as it may sound nowadays- not in 1830-, the problem of prejudice, of appearance being more important than the inner self, is one of the themes of the books.
Here and there we have man playing God 
Literally, Dr. Frankenstein creates something he considers a big step for humanity (F and W have the same aim) just to leave it on its own because it's... ugly,  a wretch. He doesn't assume his responsibility for it: he enjoys creating life, but leaves his creature nameless and on its own. He denies it a name, an identity, a father. 
However, Shelley, the romantic writer, does not lose her faith in humanism. The Creature manages to learn to read and write, understands family bonds through observation, has access to books and (of course thanks to the literary superpowers of Rationalism) can theorize about his being, his life, humanity and nature, which is where he goes back. He is so adapted to society in spite of not being an active member that he feels remorse for what he has done (he started his vendetta killing F's brother) and is aware of the danger he is for others. Science is not evil, but science should not be a tool of the individual. Science without ethics nor sympathy for the other. Science and progress in the hands of an elite: the vagrants are also illiterate. 
The creature wants to atone. And to live. And he asks F for a partner, a woman, an Eve with whom he can go to live to South America (a savage area, supposedly uncivilized). But F wants to wipe him off of the map along with the idea of his offspring sprawling over the world. He is a mistake that has to be put in  its place. Erased. 
Metaphorically, society creates its outsiders and leaves them no other choice but to live in the margins, on the remains. Society creates injustice and marginality instead of including the different. And then someday the creatures, the freaks, strike back.




'The evil that men do lives after them;The good is oft interred with their bones.' Julius Caesar, one of The Creature's favourite books. 

martes, 12 de enero de 2016

Solaris


    Un planeta en otra galaxia sin vida reconocible, comprensible, dominable, catalogable desde la perspectiva humana. Lo único que hay es un océano protoplasmático que cubre casi toda la superficie y parece reaccionar a ciertos estímulos.
    Pero es peligroso porque asesina y destruye las naves.
    Es peligroso porque reacciona a los experimentos entre los que se cuentan pruebas radiactivas.
    Es peligroso porque reacciona cuando lo tratan como a una cosa con la que se puede experimentar sin problemas en nombre de la ciencia.
    Pasan los años y ese lugar, tan raro, sale del centro de atención.
    Solamente queda una estación desde donde se hacen observaciones del planeta y Kris Kelvin, psicólogo, viudo, tiene que ir a ver qué pasa con los tripulantes que, parecen enloqueciendo.
    En la estación, reviven los muertos que más trataron de olvidar los tripulantes.
    Para los tripulantes, en ese planeta aparecen sus propios muertos. Que los atormentan, que no pueden dejarlos un minuto solos como si se tratara de una casa embrujada.
    Kelvin nota que el océano de Solaris se mete en las mentes de las personas hasta lo más profundo del inconsciente y puede tomar distintas formas, desde un hijo muerto hasta una nave espacial.
    Kelvin es el único que se acerca a su propio fantasma: su esposa. Se relaciona con ella, le habla, la ayuda a comprender el mundo y las relaciones humanas. Ella tiene una idea lejana sobre qué pasó entre los dos, pero no logra comprenderlo.
    Él se da cuenta de que, detrás de esa mutación del océano de Solaris, no hay más que un habitante solitario.
    Así, el psicólogo es el único que puede concretar la comunicación con el océano, empatiza con él, se da cuenta de que existe, piensa y siente más allá de esa forma reconocible que adquiere para él.
    Se crea un lazo emocional entre los dos.
    Kelvin vuelve a la Tierra sin informar sobre el contacto establecido.
    Confirmar la inutilidad del planeta para el ser humano es la única manera de que la estacioń cierre definitivamente. De que no lo destruyan.
    Lo mejor de la historia es que no hay extraterrestres antropomorfos o parecidos a alguna forma de vida en el planeta Tierra como en otras obras de ciencia ficción, sino que plantea una forma diferente de existencia. Una masa gigante y metaforfa que puede pensar con varias consciencias a la vez, que necesita del contacto con el otro para generar su multiplicidad de formas. Que así es como trata de comprender a los visitantes de la Tierra y de que ellos lo entiendan. Que quizás se da cuenta de que la única manera de alejar al ser humano que está dañándolo es enfrentándolo con sus miedos.
    El planeta se pone, literalmente, en el lugar del otro.
    Para la tripulación, el horror de permanecer en Solaris es el horror del ser humano frente a sí mismo.


Los siete locos, de Arlt, y Las puertas del cielo, de Cortázar



Las puertas del cielo, cuento de Julio Cortázar, y Los siete locos, novela de Roberto Arlt, tienen un punto de encuentro en la historia de una prostituta rescatada por un hombre, principal en el primero y secundaria en la segunda. La historia de Celina y su esposo Mauro, en Cortázar, la vemos desde la óptica clasista del narrador Marcelo, el amigo abogado de la pareja. Éste sugiere más o menos evidentemente la ocupación anterior de ella sin nombrarla. En Arlt, a Hipólita, la rescatada de Ergueta, la vamos conociendo desde varios puntos de vista que ilustran los diferentes estereotipos sacados del imaginario popular (debe haber varios tangos sobre cada una): la que necesitaba que la salven y redimirse, la que lo eligió como medio de vida, la que no tiene sentimientos. Pero ninguno de los personajes marginales que hablan de Hipólita recurre a eufemismos, ni siquiera ella misma.
A Celina, sobre la que gira el argumento de Las puertas del cielo, la muestran sólo a través de una especie de narrador-testigo directo de la historia, Marcelo, y de alguna que otra apreciación de su marido. Celina ni siquiera habla porque desde que empieza el cuento está muerta y, tanto en los recuerdos de Marcelo como en su (posible) aparición en el Santa Fe Palace, lo único que hace es bailar. En Los siete locos y Los lanzallamas, en cambio, Arlt nos presenta varias Hipólitas diferentes que se van descubriendo a medida que avanza la trama que también aparecen con los diferentes narradores: el principal es aquel con el que se confesó Erdorsain (protagonista de ambas) antes de morir. Este narrador nos cuenta cómo ven a Hipólita su esposo (el farmacéutico Ergueta), Remo Erdosain (el protagonista) y cómo se ve ella misma, aunque su propia versión también esté filtrada por un narrador masculino.
Uno de los filtros es Ergueta. Según él, Hipólita es una tullida, ex prostituta y mucama que, antes de irse a vivir con él, se había despojado de las pertenencias que había conseguido con su “profesión” entregándoselas a gente menos afortunada que ella. A Remo se la presenta por medio de una foto donde se la ve sentada en el pasto, vestida sencilla, con las piernas cruzadas y leyendo una revista. Erdosain da su versión después de conocer a Hipólita y resulta que no es ni coja ni tiene un aspecto humilde e intelectual (aunque sí lo es, además de inteligente). La mujer parece salida de una pintura prerrafaelista: pelirroja de ojos verdes con ropa verde (como su rosa de cobre); según él, mirada maliciosa, y que niega el desinterés material que Ergueta le había atribuído.
El farmacéutico, que se cree una reencarnación de Jesús o algo por el estilo, construyó una imagen de su esposa funcional a sus delirios místicos. Su mujer es una prueba de su santidad y para “los que dudaban de (su) comunismo” (Arlt, 1929). En realidad, se construye a él mismo. Fuera de su casa, Ergueta les cuenta a todos que se casó con “la descarriada” (otra definición que utiliza), “La Ramera”, “La Coja” y ve en esto rasgos de devoción. Ahora, a los Ergueta, familia acomodada de Buenos Aires, los tiene que enfrentar ella para decirles de dónde viene. Lo mismo hace el narrador con Celina, que nunca le dice al lector que fue una prostituta con todas las letras.
Hipólita parece tener voz y pensar. O eso parece en un capítulo donde reflexiona (de golpe, un narrador se mete en la mente de Hipólita, debe ser otro narrador, diferente al que escucha las confesiones de Erdorsain) sobre la vida y cuenta su historia. Según ella, no la rescató nadie más que sí misma y no de la calle, sino de la pobreza y humillaciones de su vida de sirvienta; eligió al farmacéutico entre todos los hombres que frecuentó porque fue el que más digno le pareció. Para ella, escaparse de su condición y poder acceder a los bienes de consumo que abundaban en las casas en las que servía era liberarse. Y el medio, obviamente, era el dinero. Así es que, después de escuchar que una buena forma de conseguirlo es dedicándose a la “mala vida” (Arlt, 1929) e informarse bien, llegó la conclusión de que, por medio de la prostitución, una mujer “se libra del cuerpo... y queda libre” (Arlt, 1929). En una primera lectura, Hipólita elige. Para el narrador, no tiene muchas más maneras de ganarse la vida (de hecho, una empleada doméstica de esa época no las tenía) y es arrastrada inconsciente hacia ese destino. Celina, en cambio, pareciera no elegir nada. No dá los motivos por los que había trabajado en lo del cafishio griego Kasadis, pareciera que su vida empezó cuando Mauro E la rescató del mundo nocturno al que sabemos que ella había pertenecido. Y él también eligió hacerla feliz y llevarla a bailar a alguna que otra milonga como uno lleva a pasear al perro a la plaza. Según Marcelo, hubiera sido feliz en las milongas si sólo se hubiera dedicado a bailar.
Celina alcanza la libertad por medio de la muerte, o sea que, según su narrador, ella también se libera cuando se libra del cuerpo: termina de “morirse, un poco como si ella misma hubiera elegido el momento” (Cortázar, 1951), y es lo único que pudo elegir por sí misma en la historia. No toleró las consecuencias de la “mala vida” (o las limitaciones de la buena), no sobrevive fuera de su mundo. Hipólita, en cambio, se sobrepone a todo. Cuando se “libra del cuerpo” encuentra en el sexo una forma de dominar al hombre, lo descubre como criatura débil y ahí encarna el estereotipo tanguero de la mujer desalmada que desprecia al bueno y busca a un hombre “capaz de conquistar tierras nuevas”, un “tirano”, alguien a quien pueda, finalmente, “amar como una esclava” (Arlt, 1929). Un hombre que encuentra al final de Los lanzallamas en el Astrólogo. Según esto que dice el narrador, ella lo único que buscaba (como todas) era cumplir su papel de mujer según las normas sociales Con respecto a Celina, de todo eso no se habla. Todas las alusiones al tema son sugerencias y fantasmas indeseados. Marcelo nunca llega a empatizar con ella porque nunca puede ni siquiera plantearse sus anteriores medios de subsistencia, menos el por qué.
El pasado de Celina, a diferencia del de La Coja (que se va a seguir llamando así aunque ya sepamos que no coincide con ninguna característica física, sino simbólica, mística, parte del delirio de Ergueta), se va develando de a poco, pero las características que van apareciendo se van sumando, van dándole una y otra vuelta al personaje sin contradecir lo anterior y generan suspenso y sorpresa durante la lectura (sobre Hipólita se revelan sólo las interpretaciones). Esto se sugiere desde el principio, cuando el narrador espera ver “la última cara de Celina” (Julio Cortázar, 1951) asumiendo que tiene otras. Vamos sabiendo, de a poco, que “estaba mal del pulmón”, que tenía tuberculosis, que iban siempre a los bailes populares, que Mauro la había sacado de la milonga de Kasidis... el narrador, el abogado que nos cuenta la historia lejos de ese contexto social y lo mira hasta con desprecio (en cambio, ellos están orgullosos de tener un amigo con un doctorado), al final habla de la sensación que tiene sobre la posible monstruosidad de celina, igual que la de las cabareteras.

Las diferentes formas de presentar a las mujeres en ambas historias pueden estar relacionada con los narradores. Marcelo trata los asuntos con delicadeza mientras, cada dos por tres, comenta cosas que lo posicionan fuera de ese mundo que le dá repulsión o le resulta pintoresco, según el momento. El narrador de Los siete locos, en cambio, es habitué de los mismos antros que Erdosain y está sentado con él en uno mientras le hace de confidente. Este utiliza la misma jerga que los personajes y empatiza con ellos, los comprende. Así es que, si bien en ambas historias los escritores caen en los estereotipos femeninos comunes (Arlt, por la época en que escribió su novela, puede parecer más avanzado en cuestiones sociológicas y de género), en Los siete locos, se comprende la historia de Hipólita y en Las puertas del cielo, se lamenta la perdición de Celina. 







lunes, 11 de enero de 2016

Wuthering Heights- Joseph

   Every time I am interested in a novel written in English, I struggle to get and read the original version (and I consider myself lucky for being able to do it) and Wuthering Heights was no exception. 
    On the one hand, we have Emily's outstanding style, which may or may not get lost in translation. On the other hand, the development of the voice and discourse of each character is great (especially taking into account it was written in 1846). I haven't read any Spanish translations so I don't know how translators tackled this problem.
   Joseph's speech, which takes the reader to 19 C. Yorkshire, is the only that has been written as it sounds and, because of this, is the most difficult to translate into Spanish, let alone the contrentation it takes to understand it... until you start not reading, but listening to it. 
   His speech is not written, but oral, and English varieties are almost impossible to keep in a translation: speakers as social individuals have no equivalent in Spanish (or in any other language), there is no social equivalent for Joseph in the Spanish speaking countries.

    Maybe Joseph's lines have been written that way so as to make a difference from standard English speakers (a 19 C. English reader would recognise his origin and social class), whose speech is not marked, but they have ended up as a phonological, a sociolinguistics register. The novel immortalised a non-standard English variety. 


domingo, 10 de enero de 2016

Ellen Dean, de Wutherinng Heights

Emily Brönte
(1818- 1848)

Charlote: You can only write poetry, you bimbo
Anna: Emily's a bimbo, nay a bedswerver!
Emily: I'm not, you plague-sore!
Charlotte: Why don't you please write a novel and show us?
Emily: I don't want to break your hearts.
Anna: Come on, you coward, show us what you got.

(...)

Emily: :D
Charlote: Gobermouch

      E. B. publicó la novela usando Ellis Bell como pseudónimo. El narrador principal de la caja china de narradores es un hombre, Mr Lockwood. La nararradora principal  es una mujer, Ellen Dean.
 En un contexto que reducía a la mujer a los estereotipos de la novela (ama de llaves; niñera; institutriz; madre; propiedad masculina para, por medio del matrimonio, conseguir tierras o poder; esposa o adorno), las capacidades narrativas de Miss Dean son elogiadas por Mr Lockwood. Él la presenta como una testigo que tiene un estilo narrativo personal, estilo que asegura no querer arruinar. Caudno le reconoce al lector que él sólo transcribe palabra por palabra lo que ella contó, se define como el medio- la palabra escrita, el libro impreso, la seriedad del libro, elemento de autoría masculina-, la recolección "seria" e impresa de la oralidad de ella. Así, se corre de su lugar para darle crédito a Dean y, como consecuencia, a Emily Brönte, la escritora detras de Ellis Bell.
   Si nos metemos en cuestiones de género, a Ellen la podemos comparar con las vecinas chismosas de la verdulería. No sólo le cuenta toda la historia de los habitantes de Wuthering Heights al primero que se le cruza, incluyendo las miserias de cada uno de los integrantes de las dos familias, que forman parte de la historia sino que también tuvo un papel importante en la toma de decisiones de sus personajes. Es una especie de titiritera,sin dudas, la autora directa de varios pasajes. La que se apropia de la interpretación, del filtro por el que pasan los otros. La que reinventa los personajes en la apropiación que hace de sus vidas y deja ver sus propias contradicciones e hipocresía.
   Sí, Nelly se mete en los asuntos de todos: opina sobre qué tiene y qué no tiene que hacer cada uno; es la voz moral de la historia, la voz de la época victoriana. Atormenta a Cathy hija culpándola de antemano de la muerte del padre si no se comporta como corresponde; le hace ver a Catherine que no ama a su futuro marido, sino a Heathcliff, el bastardo, el que está fuera de la norma; después, le recrimina  los deseos de verlo ya casada. Ellen echa culpas para todos lados, hace juicios de valor injustos que saben más de diferencias de clases sociales que de valores humanos.
   Pero también es la escritora, la narradora comprometida (o la  metida) que hace posible Wuthering Heights. Es la que conoce bien a fondo a los personajes y le da una voz inconfundible a cada uno. La que los juzga no sin haber hecho, previamente, un descargo que los convierte en personas con las que uno puede empatizar. Heathcliff y Catherine, más allá de la monstruosidad de la que se los acusa en casi todas las reseñas y análisis, tienen una historia y la que la rescata es Ellen Dean. Y lo hace por medio de un discurso detallista que resignifica qué es ser una mujer quisquillosa, metida y charlatana que se va por las ramas para contar algo. Un discurso que trata de entender al otro.