martes, 12 de enero de 2016

Los siete locos, de Arlt, y Las puertas del cielo, de Cortázar



Las puertas del cielo, cuento de Julio Cortázar, y Los siete locos, novela de Roberto Arlt, tienen un punto de encuentro en la historia de una prostituta rescatada por un hombre, principal en el primero y secundaria en la segunda. La historia de Celina y su esposo Mauro, en Cortázar, la vemos desde la óptica clasista del narrador Marcelo, el amigo abogado de la pareja. Éste sugiere más o menos evidentemente la ocupación anterior de ella sin nombrarla. En Arlt, a Hipólita, la rescatada de Ergueta, la vamos conociendo desde varios puntos de vista que ilustran los diferentes estereotipos sacados del imaginario popular (debe haber varios tangos sobre cada una): la que necesitaba que la salven y redimirse, la que lo eligió como medio de vida, la que no tiene sentimientos. Pero ninguno de los personajes marginales que hablan de Hipólita recurre a eufemismos, ni siquiera ella misma.
A Celina, sobre la que gira el argumento de Las puertas del cielo, la muestran sólo a través de una especie de narrador-testigo directo de la historia, Marcelo, y de alguna que otra apreciación de su marido. Celina ni siquiera habla porque desde que empieza el cuento está muerta y, tanto en los recuerdos de Marcelo como en su (posible) aparición en el Santa Fe Palace, lo único que hace es bailar. En Los siete locos y Los lanzallamas, en cambio, Arlt nos presenta varias Hipólitas diferentes que se van descubriendo a medida que avanza la trama que también aparecen con los diferentes narradores: el principal es aquel con el que se confesó Erdorsain (protagonista de ambas) antes de morir. Este narrador nos cuenta cómo ven a Hipólita su esposo (el farmacéutico Ergueta), Remo Erdosain (el protagonista) y cómo se ve ella misma, aunque su propia versión también esté filtrada por un narrador masculino.
Uno de los filtros es Ergueta. Según él, Hipólita es una tullida, ex prostituta y mucama que, antes de irse a vivir con él, se había despojado de las pertenencias que había conseguido con su “profesión” entregándoselas a gente menos afortunada que ella. A Remo se la presenta por medio de una foto donde se la ve sentada en el pasto, vestida sencilla, con las piernas cruzadas y leyendo una revista. Erdosain da su versión después de conocer a Hipólita y resulta que no es ni coja ni tiene un aspecto humilde e intelectual (aunque sí lo es, además de inteligente). La mujer parece salida de una pintura prerrafaelista: pelirroja de ojos verdes con ropa verde (como su rosa de cobre); según él, mirada maliciosa, y que niega el desinterés material que Ergueta le había atribuído.
El farmacéutico, que se cree una reencarnación de Jesús o algo por el estilo, construyó una imagen de su esposa funcional a sus delirios místicos. Su mujer es una prueba de su santidad y para “los que dudaban de (su) comunismo” (Arlt, 1929). En realidad, se construye a él mismo. Fuera de su casa, Ergueta les cuenta a todos que se casó con “la descarriada” (otra definición que utiliza), “La Ramera”, “La Coja” y ve en esto rasgos de devoción. Ahora, a los Ergueta, familia acomodada de Buenos Aires, los tiene que enfrentar ella para decirles de dónde viene. Lo mismo hace el narrador con Celina, que nunca le dice al lector que fue una prostituta con todas las letras.
Hipólita parece tener voz y pensar. O eso parece en un capítulo donde reflexiona (de golpe, un narrador se mete en la mente de Hipólita, debe ser otro narrador, diferente al que escucha las confesiones de Erdorsain) sobre la vida y cuenta su historia. Según ella, no la rescató nadie más que sí misma y no de la calle, sino de la pobreza y humillaciones de su vida de sirvienta; eligió al farmacéutico entre todos los hombres que frecuentó porque fue el que más digno le pareció. Para ella, escaparse de su condición y poder acceder a los bienes de consumo que abundaban en las casas en las que servía era liberarse. Y el medio, obviamente, era el dinero. Así es que, después de escuchar que una buena forma de conseguirlo es dedicándose a la “mala vida” (Arlt, 1929) e informarse bien, llegó la conclusión de que, por medio de la prostitución, una mujer “se libra del cuerpo... y queda libre” (Arlt, 1929). En una primera lectura, Hipólita elige. Para el narrador, no tiene muchas más maneras de ganarse la vida (de hecho, una empleada doméstica de esa época no las tenía) y es arrastrada inconsciente hacia ese destino. Celina, en cambio, pareciera no elegir nada. No dá los motivos por los que había trabajado en lo del cafishio griego Kasadis, pareciera que su vida empezó cuando Mauro E la rescató del mundo nocturno al que sabemos que ella había pertenecido. Y él también eligió hacerla feliz y llevarla a bailar a alguna que otra milonga como uno lleva a pasear al perro a la plaza. Según Marcelo, hubiera sido feliz en las milongas si sólo se hubiera dedicado a bailar.
Celina alcanza la libertad por medio de la muerte, o sea que, según su narrador, ella también se libera cuando se libra del cuerpo: termina de “morirse, un poco como si ella misma hubiera elegido el momento” (Cortázar, 1951), y es lo único que pudo elegir por sí misma en la historia. No toleró las consecuencias de la “mala vida” (o las limitaciones de la buena), no sobrevive fuera de su mundo. Hipólita, en cambio, se sobrepone a todo. Cuando se “libra del cuerpo” encuentra en el sexo una forma de dominar al hombre, lo descubre como criatura débil y ahí encarna el estereotipo tanguero de la mujer desalmada que desprecia al bueno y busca a un hombre “capaz de conquistar tierras nuevas”, un “tirano”, alguien a quien pueda, finalmente, “amar como una esclava” (Arlt, 1929). Un hombre que encuentra al final de Los lanzallamas en el Astrólogo. Según esto que dice el narrador, ella lo único que buscaba (como todas) era cumplir su papel de mujer según las normas sociales Con respecto a Celina, de todo eso no se habla. Todas las alusiones al tema son sugerencias y fantasmas indeseados. Marcelo nunca llega a empatizar con ella porque nunca puede ni siquiera plantearse sus anteriores medios de subsistencia, menos el por qué.
El pasado de Celina, a diferencia del de La Coja (que se va a seguir llamando así aunque ya sepamos que no coincide con ninguna característica física, sino simbólica, mística, parte del delirio de Ergueta), se va develando de a poco, pero las características que van apareciendo se van sumando, van dándole una y otra vuelta al personaje sin contradecir lo anterior y generan suspenso y sorpresa durante la lectura (sobre Hipólita se revelan sólo las interpretaciones). Esto se sugiere desde el principio, cuando el narrador espera ver “la última cara de Celina” (Julio Cortázar, 1951) asumiendo que tiene otras. Vamos sabiendo, de a poco, que “estaba mal del pulmón”, que tenía tuberculosis, que iban siempre a los bailes populares, que Mauro la había sacado de la milonga de Kasidis... el narrador, el abogado que nos cuenta la historia lejos de ese contexto social y lo mira hasta con desprecio (en cambio, ellos están orgullosos de tener un amigo con un doctorado), al final habla de la sensación que tiene sobre la posible monstruosidad de celina, igual que la de las cabareteras.

Las diferentes formas de presentar a las mujeres en ambas historias pueden estar relacionada con los narradores. Marcelo trata los asuntos con delicadeza mientras, cada dos por tres, comenta cosas que lo posicionan fuera de ese mundo que le dá repulsión o le resulta pintoresco, según el momento. El narrador de Los siete locos, en cambio, es habitué de los mismos antros que Erdosain y está sentado con él en uno mientras le hace de confidente. Este utiliza la misma jerga que los personajes y empatiza con ellos, los comprende. Así es que, si bien en ambas historias los escritores caen en los estereotipos femeninos comunes (Arlt, por la época en que escribió su novela, puede parecer más avanzado en cuestiones sociológicas y de género), en Los siete locos, se comprende la historia de Hipólita y en Las puertas del cielo, se lamenta la perdición de Celina. 







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