martes, 3 de enero de 2017

Andréi Tarkovski: El ícono y la pantalla, Capanna


"Esta aproximación es deliberadamente amateur y no pretende competir con la visión del crítico profesional. (...) Así como Hamlet o Don Quijote no pueden quedar en poder de los profesores de literatura, ni las catedrales en manos de las compañías de turismo, la comprensión de una obra como esta no puede recaer sólo en los críticos, sometidos a la dura tarea de ser cronistas de lo efímero y condenados a dar cuenta tanto de los manjares como del fast food, so pena de perder el empleo".

    Con esa sencillez presenta Capanna, filósofo, escritor de teoría literaria y admirador del cine de Tarkovski, un libro que abunda en anécdotas y datos sobre la vida del cineasta soviético con una prosa muy lograda, muy lograda, que sume al que lee en un trance similar al de las películas de las que trata.
    Es evidente la prolijidad con la que investigó y se documentó para poder escribir unas 300 páginas que no tienen ni una palabra de más.
    La escritura de Capanna hace recuerda la belleza de los textos teóricos de Bataille  de barthes. Todos textos que van más allá de una descripción o análisis. Son textos, es un texto estético en sí mismo.


 
     "Quizás recién ahora que el polvo del Muro ha acabado de posarse sobre la aridez posmoderna, podamos apreciar la magnitud  ética y estética de su obra. 'El artista jamás es libre' escribió alguna vez Tarkovski, quien intuía que el Mercado podía ser tan implacable como la ideología". 

    No me convencía reseñar un libro de reseñas, pero justo éste es mucho más que eso: es una reflexión sobre el arte y el artista, sobre la admiración por el autor, por la persona, sobre el papel de alguien que se escapa del autoritarismo soviético para encontrarse con el consumismo vacío de occidente. En los ochenta, entre un comunismo tirano y un pleno posmodernismo y tendencias new age, Tarkovski es anacrónico. Es un incomprendido, un hombre que intenta rescatar la fe del pueblo ruso, un director que no responde ni al cine de propaganda ni al comercial.
    El régimen soviético lo mira mal, lo deja filmar porque es un genio, pero le pide que saque alguna que otra partecita. En occidente le cortan hasta cuarenta minutas por película con fines comerciales.



    "Vivimos en una cultura donde es casi obligatorio ser transgresor, con la condición de transgredir sólo aquell que se recomienda y permite transgredir. Quien, como Tarkovski, se atreva a salirse de este canon, cargará con el sambenito de apocalíptico y se perderá en la abigarrada multitud de los charlatanes". 



    Lo que escribe Capanna no le cambia el sentido a nada ni cierra la obra de Tarkovski, sino que la explora, trata de buscar la voz del creador y no imponer su lectura. Y describe los "emblemas" que aparecen en las películas. 

    Tarkovski "Desconfiaba de la palabra 'símbolo' porque intuía que encerraba el germen de una esquematización que acabaría por cerrar una obra pensada como abierta".

    En el libro no se cierran las posibilidades de interpretación, sino que se leen los elementos desde los diarios y otros escritos del autor. Evita un análisis como los que critica hacia el final del libro: evita un análisis determinista, que hable más del que analiza que del objeto analizado, que busque encuadrar la obra de Tarkovski en un marco prefabricado, explicar todo desde la cultura rusa como si ningún artista pudiera escapar de sus signos, sus símbolos. 



    "Si el tiempo es la materia prima del cine, la tarea del director será la de esculpir el tiempo. Cada plano cinematgráfico recorta un trazo de realidad cargado de tiempo. El film debe respetar su tensión interna, orquestando las partes en una temporalidad de otro orden". 



    Capanna explica de una forma muy accesible los conceptos que manejaba Andréi Tarkovski, que hacía un cine con conceptos musicales. Además de todo lo dicho anteriormente, entonces, se puede agregar que es un libro accesible que hace más accesible el cine de este director, un cine que no estaba "mediado por el lenguaje".  
    Y esto, paradojicamente, es lo que una como espectadora no puede poner en palabras. Esa sensación constante e inexplicable que aparece desde que empieza hasta que termina cualquiera de sus películas. 








    
    
 






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