lunes, 13 de febrero de 2017

La vegetariana, Han Kang- 2007



   Este libro me lo recomendó y prestó un amigo. En general, no me compro los libros que ya leí, pero este, quizás, vaya a ser la excepción.
Sobre el tema de la novela la contratapa dice bastante. Hasta demasiado: "La vegetariana es una novela con un fuerte componente psicológico, que cuestiona los límites culturales de la cordura, la violencia y el valor del cuerpo como un bien privado y último refugio".
   En una cultura sumamente opresora, la única posibilidad de rebeldía se consigue en una apropiación del propio cuerpo. Yeonghye decide hacerse vegetariana después de un sueño y sostiene la decisión pese a que su familia, los hombres sobre todo, tratan de disuadirla, de controlarla. Con este cambio en su alimentación, vienen otras decisiones como el desnudo, la pérdida de la sensualidad de la carne. Al menos, en cuanto a lo que la sociedad considera sensual.
 
 
 "Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. Ni muy alta ni muy baja, con una melena que no era ni muy larga ni muy corta, tenía la piel descamada y amarillenta, los ojos sin pliegues, pómulos ligeramente prominentes y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verse demasiado personal".

   Así empieza el esposo de Y., el narrador de La vegetariana (la primera parte se llama igual que la novela) los cuatro que va a haber a lo largo de un poco más de cien páginas de historia. Él también siente que no es ni fu ni fa y, en vez de buscarse una mujer que le guste en erio (como le gusta la hermana de su esposa), se busca a alguien que no lo opaque. Él va a narrar desde el sueño de su esposa hasta la internación en un neuropsiquiátrico, cuando la abandona porque ya no es una persona común y corriente.
   Y acá aparece Y como narradora, en bastardilla, "escribiendo" fragmentos oníricos.
   La segunda parte, La mancha mongólica, la narra el cuñado de Y. Al igual que su concuñado, le encanta su cuñada. Y le encanta porque es sencilla, porque parece que tiene una personalidad marcada (que su marido no nota) y porque todavía tiene su mancha mongólica (una mancha de nacimiento que tienen las personas de pueblos mongoles cuando nacen y que desaparece con la mayoría de edad).
   El cuñado, que en la narración del marido de Y. se pintaba como un vago mantenido por la esposa es, en realidad, artista plástico, fotógrafo. Y tiene cierto éxito. En cierta forma, este parece ser el personaje, el narrador, que más comprende lo que le pasa a Y. O por menos parece que es el que la respeta en su decisión y más la valora. Tanto la valora, que la hace parte de su obra.
   Y acá, flores y erotismo, pintura, body painting... desde la primera salida de Y. del neuropsiquiátrico hasta una segunda internación. De nuevo, por lo que la sociedad ve como una falta de control, y que es, en realidad, muestra del dominio total sobre su cuerpo.
   El cuarto narrador es una cuarta narradora: la hermana. Los árboles en llamas. La hermana es todo lo que ella no fue por haberse revelado. Y va a acompañarla durante su segunda y última internación.
   El cierre definitivo: las tres partes de la novela, en principio, eran tres cuentos separados.
   No tengo muchas citas porque le devolví el libro a mi amigo. Y seguro esta reseña necesita correcciones, pero ya la voy a releer. La escribo antes de que me olvide.

   No es un libro sobre el vegetarianismo. Y. no quiere evitar la crueldad contra los animales, sino que va adelgazando de a poco hasta su desaparición. La forma de escape es la inanición y, finalmente, la muerte.
   La separación de la carne es claramente simbólica.



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